13 octubre 2011

La lección de los sapos

Lejos de sus familias, se encontraba un grupo de jóvenes provenientes de la tierra de Israel. Entre ellos se encontraban Jananiá, Mishael y Azariá, tres muy apuestos y sabios muchachos de Israel, a quienes el rey caldeo Nevujadnetzar había exiliado para educarlos de acuerdo a su cosmovisión, la cual sin duda, difería mucho de lo que habían aprendido en casa. Desde el primer momento, los tres habían determinado que no iban a consumir ningún alimento que estuviese prohibido por la Torá. En aquella época aún no se publicaba el ahora famoso "HaMadrij LeCashrut", y por lo tanto, se les haría un tanto difícil comer casher sin despertar sospechas. Gracias a la colaboración de un supervisor que les acercaba legumbres frescas diariamente, pudieron evitar transgredir las leyes de la Torá - y el enojo del rey.
Pasaron unos años, y el rey Nevujadnetzar, nada perezoso ni modesto, decidió construir un monumento en honor... a si mismo. Mano de obra no le faltaba , ni tampoco presupuesto. Un monumento de estas características, no se coloca sin una adecuada inauguración con hermosos himnos, interminables discursos y mucha pompa, y... que todos los presentes le rindan homenaje posternándose. Del mismo modo en que Jananiá, Mishael y Azariá representaban a los habitantes de Israel, habían jóvenes de todos los otros países que Nevujadnetzar había conquistado. Nevujadnetzar fue uno de aquellos emperadores que dominaron todo el mundo.
Corría cerca del año 3338 (aprox. -342). Los tres estaban ahora en un dilema. ¿Qué hacer? Posternarse a la imagen?. Los judíos no nos posternamos ante nada ni nadie, salvo a D"s! Sin embargo, esta estructura no representaba realmente un ídolo ni una deidad pagana (ver Tosafot Talmud Pesajim 53:, primera opinión). Su homenaje no sería una afrenta a la Torá. A su vez, podrían ausentarse disimuladamente (segunda opinión - ibid), y sin que nadie percibiera su falta entre la multitud de personas presentes (malestar en la panza, se pinchó la rueda, se cayó el sistema, etc.). Fueron en busca de asesoramiento, pero ni el profeta Iejezquel ni Daniel quisieron opinar. Otra vez: ¿Qué hacer?
Jananiá, Mishael y Azariá no eludieron el desafío. Fueron, no más, a la inauguración y, cuando llegó el momento de homenajear al rey, los tres se quedaron parados en sus lugares. No hubo manera de intimidarlos, y el rey, encolerizado los mandó arrojar a las llamas. Tampoco se asustaron de eso. Pero, inesperadamente ocurrió un milagro. El fuego no los consumió.
El Talmud se pregunta: ¿De dónde sacaron la fuerza y la convicción para semejante acto de bravura? Y el Talmud contesta: "De los sapos (de Egipto)". Antes de continuar, debemos ubicarnos en el tema. Después que el Faraón se negó a dejar ir a los judíos a pesar de la destrucción que hubo porque el Nilo se tornó en sangre, D"s avisó que vendría una plaga de sapos en todo Egipto: "en tu palacio, en tu dormitorio, en tu cama, en las casas de tus sirvientes, en la población, en los hornos y en los recipientes de amasado". El Faraón se mostró terco y no liberó al pueblo. Comenzó la plaga y los sapos invadieron Egipto. "Bueno"- pensaron los sapos (obviamente en idioma "sapezco") - "adónde vamos?" Algunos optaron por la cama monárquica del Faraón. Allí estarían cómodos, se sentirían "como en su propia casa" (aparte de poder presenciar la cara del Faraón con un enojo "real"). Otros fueron a comer los restos de masa cruda en las ollas de la cocina, otros a conocer los tesoros escondidos en las pirámides y otros, buenos turistas, a sacarse fotos al lado de la Geopsis (la represa de Assuán aún no existía). Otros, sin embargo, fueron... al horno caliente. ¿Por qué? Bien. Si D"s dijo que los sapos entrarían al horno caliente, pues, alguno tiene que ir. Por qué yo? Esa es la pregunta eterna. Todos pueden preguntarse lo mismo. En última instancia va... el que asume la responsabilidad.
Alguna vez leí un escrito que decía que, ante un problema determinado del cual estaban todos (everybody) enterados, alguien (somebody) se tendría que hacer cargo. Nadie (nobody) lo hizo, a pesar que cualquiera (anybody) lo podía haber hecho... y así quedaron las cosas...
Jananiá, Mishael y Azariá razonaron: "Si los sapos, que no tienen obligación de ceder sus vidas para santificar el nombre de D"s se arrojaron a los hornos, tanto más nosotros" (Talmud, ibid). En fin, si bien podían haber evitado su presencia, con lo cual técnicamente no hubiesen rendido homenaje a Nevujadnetzar y nadie se hubiera percatado, de todos modos, habría quedado la impresión que todos se posternaron y que nadie objetó.
Moshé recibió la orden de reunir a los ancianos de Israel para ir a solicitarle al Faraón la libertad del pueblo de Israel. Los 70 ancianos de Israel efectívamente los acompañaron - al comienzo. Pero en el camino al palacio, a cada uno se le ocurrió que tenía otro compromiso (llevar a la nena al dentista, comprar verdura para la cena, pagar la tarjeta de crédito...), de modo que Moshé y Aharón fueron solos al rey. La pregunta obvia: "¿Por qué justo yo?" Más tarde, sin embargo, frente al Monte Sinaí, D"s le dijo a Moshé que sólo él subiera - pero los ancianos quedarían en su lugar.
"¿Por qué justo yo?" - es la pregunta que se puede formular todo aquel que se molesta por una causa de bien, aun cuando no hay ni reconocimiento, ni honor, ni paga (por lo contrario, suele suceder que uno termina recibiendo "palos" por parte de otros que no hacen o que, al menos, no saben reconocer todo el esfuerzo que uno puso en la tarea).
¿La recomendación? No deje de ocuparse de todas las causas nobles en las que Ud. sabe que puede colaborar. Nunca se arrepienta de las cosas buenas que hizo o que sigue haciendo. Aunquesea el único que las hace. Aunque no se lo reconozca nadie (terrenal). Recuerde a Jananiá, Mishael y Azariá. Recuerde a los sapos.
Daniel Oppenheimer

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