24 marzo 2013

Pesaj


Pesaj

De todos es conocido que Pesaj es la festividad de la libertad. O mejor, de la liberación de Egipto por Dios. La libertad es una conquista que la tradición sitúa en Shavuot tras la cuenta del Ómer, con la recepción de la Ley que, como dice el Talmud, queda para que nosotros mismos seamos sus intérpretes. Pero, cuidado, porque la liberación tampoco es un acto ‘gratuito’ de Dios. No es algo que Él nos conceda de repente. Porque no es Dios quien decide liberarnos de Egipto, sino que somos nosotros, quienes, no soportando la situación terrible de esclavitud, de alienación, de enajenación, decicimos, desde la conciencia de la situación de no-ser, clamar hasta que HaShem nos escucha, para que, atendiendo a Su propia promesa, a Su pacto con nosotros, nos marque el camino y nos proteja.  Esto es, nos ayude a salir de donde, quizá, no seríamos capaces de hacerlo desde nuestra identidad construida en Egipto, convertida por la costumbre en naturaleza. Para, desde la razón crítica y la duda, desde  la justicia hacia los demás y la compasión - nuestra esencia más probable y, ciertamente, aunque no existiese tal cosa, quizá la mejor imaginable -, poder vivir libre y responsablemente los días que tengamos por delante.

Por lo tanto, podríamos decir que Pesaj es el resultado de nuestra toma de conciencia de nuestra alienación y el inicio de un proceso que requiere un durísimo camino de introspección, que tendrá lugar al enfrentarnos a nuestros propios límites para trascenderlos y así poder llegar a ser otros distintos de lo que fuimos, pero no ya en nuestro ideal de nosotros mismos - Dios a nuestra imagen y semejanza -, sino sobre todo en la certeza de que el trato al próximo (como diría Mario) y a uno mismo es el correcto, en su real necesidad, no en nuestra construida imagen de él. Pesaj es la celebración del dejar de ser lo que no queremos ser y el inicio de la construcción de una identidad consciente, autónoma y madura. Que nadie espere seguir teniendo el mismo proyecto vital cuando termine Pesaj. Pesaj con el relato de la liberación y con el inicio de la cuenta del Ómer nos pone ante el espejo y nos muestra nuestra deformidad, nuestra inhumanidad, nuestros Mitzraim. Concluir como empezamos supondría simplemente que no fuimos capaces de conseguir realmente liberarnos. Significaría, tristemente, que caímos en el camino.

El objetivo se aleja a cada paso, porque cada nueva toma de conciencia supone un nuevo Egipto del que salir, una nueva frontera que cruzar, un camino que desandar para alcanzar ese ser nosotros mismos, esa meta que cuanto más cerca parece estar más se nos aleja. Aceptar haber alcanzado la libertad supondría confiar en que ya hemos acabado el camino, cuando éste no deja de extenderse hasta el infinito cuando realmente es pensado críticamente. Porque ser libre no es un destino, sino una actitud. El perfeccionamiento moral, última frontera, destino último, no se consigue ni siquiera con la llegada a Eretz Israel, ni siquiera en la época mesiánica. Una y otra vez la pérdida de la conciencia crítica nos arrastra a Egipto, incluso aun habitando en Israel en el cumplimiento perfecto de la Ley.

Varios relatos de la tradición recogidos en el Séder  nos avisan de la pérdida de la conciencia crítica. Y lo hacen para intentar que despertemos del engaño de nuestro yo perfecto construido complacientemente por medio de la aceptación del mito de la relación privilegiada de Dios con Israel en la Historia y en la Ley. Esos relatos intentan devolvernos al ser real en construcción, repleto de zonas grises, de incertidumbres . Pero más importante que los relatos mismos - ya míticos, semimíticos o históricos; sólo divinos en tanto que plenamente humanos, esto es, esbozos imperfectos de ser -, más importante que los relatos es la propia tradición en su crítica de los relatos, de sí misma, el observar en la historia humana, sólo humana, cómo los propios creadores de los relatos y los que posteriormente los recibieron decidieron no momificarlos - Mitzraim en su esencia más auténtica - , sino que los transformaron en puntos de partida, en elementos para construir sobre ellos o a pesar de ellos. A veces incluso releyéndolos justo en el sentido contrario en el que se les presentaban. En definitiva, no dejando que la experiencia de uno mismo o de otros anulase la propia vida, no condenando a quienes vienen tras nosotros a no poder ser otra cosa que nuestro propio cadáver momificado - nuestra incapacidad de ser mejores petrificada en relato -, impidiendo que nuestro miedo a la libertad y nuestra cómoda y autocomplaciente esclavitud convertida en esencia por el miedo obstruyan o dificulten su propia travesía, su vida, la vida de nuestros hijos, la vida de las generaciones venideras.

No entraré ahora en el análisis pormenorizado de algunas de esas cadenas que nos imponen, que nos autoimponemos, cadenas con las que nos atamos a nosotros mismos,  a nuestros hijos o a quienes nos rodean y que nos esclavizan hasta en lo más insignificante. Esas cadenas de las que la propia tradición nos advierte. No las detallo, pero sí las enuncio: el sentirnos elegidos por Dios y olvidarnos del daño que nuestros actos puede suponer para otros; el recuerdo nostálgico y dulzón de la esclavitud perdida que parece recordarnos qué bien se está prisionero, sin responsabilidades; la creencia de que la recepción de la Ley, por su propia esencia y origen, nos hará libres; el miedo a tener que vivir solos los peligros encontrados en la exploración de nuestro destino; el llegar provisional que creemos destino definitivo; la arrogancia del poder que sentimos cuando vencemos aparentemente los obstáculos al someterlos a la fuerza; el pensar que jamás cometeremos los errores que vemos en otros; el victimismo tras la caída, descargando siempre sobre los demás lo que no es sino nuestra propia culpa; el dulce sopor de la costumbre, que hemos convertido en interpretación sagrada de la voluntad de Dios, incluso en mandato Suyo, y que nos hace sentirnos seguros en el exilio.  

Nada de ello, ni en sus aspectos positivos siquiera, es por sí mismo valioso, si no es el fruto de una crítica moral concreta de nuestro proceder cotidiano, y, sobre todo, si no nos conduce a completar la tarea que la propia tradición indica que HaShem dejó inacabada, si no nos conduce a mejorar la vida de quien está cerca o a miles de kilómetros, junto a nosotros ahora o a quien vivirá después de nosotros. No hay regalo más hermoso que el compromiso concreto y vital - de toda una vida, en cada uno de sus instantes - del Tikun Olam que hemos heredado y que debemos transmitir a los que nos seguirán, junto con lo que hayamos podido contribuir a esa tarea.

Al fin y al cabo, tal como recoge la tradición liberal judía clásica, vivimos nuestro encuentro con Dios en el mito, pero no debemos convertir el mito en Dios - ninguna de las versiones del mito - porque entonces habremos caído de nuevo en aquello de lo que huimos. Aunque es cierto que a veces, sin la complicidad de quienes comparten con nosotros este destino trágico y maravilloso del mejorar siempre, sin esa complicidad, decía, nos fallan las fuerzas y caemos en la necesidad, que no es sino emocional, de lo definitivo, de lo seguro, de lo permanente, y acabamos aceptando que el mito es Dios, que en el mito, que en cualquiera de ellos, en cualquiera de sus interpretaciones, está Dios mismo marcándonos el camino. Y así, en el engaño, sintiéndonos seguros y reconfortados, regresamos, lamentablemente, a Mitzraim, a nuestro ser prehumano. Y todo ello a pesar de las señales de nuestra propia conciencia moral y de las propias marcas de peligro que los que nos precedieron pusieron en los relatos y en sus interpretaciones para que no cayéramos en ello.

Mitzarim, esos lugares angostos por los que nos resulta tan difícil transitar, de los que nos resulta tan complicado escapar, no está ahí fuera para hacernos la vida imposible. No están ni siquiera ahí fuera. Los Mitzraim están en nosotros, somos nosotros mismos. Son la forma en que decidimos interpretar lo que sucede para justificar nuestra ruindad moral, para calmar nuestra conciencia cuando nos acusa al dejar que otros sufran.  


Pesaj empieza cada instante. Pesaj continúa a cada momento. No pensemos que hemos llegado ya a nuestro destino. Simplemente recordemos que debemos sentirnos libre cada día, que cada día es un paso hacia la libertad, que debemos actuar libres. Y que la libertad es, en primer lugar, liberarse de uno mismo, de los mitos propios, de las identidades acríticas, de las costumbres que olvidan al amigo, a quien nos acompaña en la travesía del desierto, con quien necesariamente compartimos incertidumbre y libertad, pero que también olvidan al otro, con quien convivimos y a quien negamos su humanidad, a quien despojamos de su ‘tu’ junto a mi ‘yo’ y lo convertimos en un otro frente a mi, en un algo contra mi.

Jag Pesaj Sameaj   

13 de Nissan de 5773
(24 de marzo de 2013)

Victorino Cortés

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